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¿Qué versión es real? Por qué cambia la conducta entre casa y el trabajo

Una persona puede escuchar con paciencia a sus compañeros y desatender o asustar a su pareja en casa. ¿Qué cambia entre esos entornos? ¿Por qué una buena reputación puede dificultar que se cuente el daño que ocurre en privado?

Anna Paretas-Artacho
Actualizado el 26 de septiembre de 2026

Un profesional de la salud escucha que alguien trata con consideración a sus compañeros, pero humilla repetidamente a su familia. Un responsable de equipo se entera de que un directivo respetado asusta a su pareja en casa. A esa pareja, mientras tanto, no dejan de decirle la suerte que tiene de vivir con alguien tan atento.

La pregunta que suele haber detrás de estos relatos es la misma: ¿qué versión es real?

Es una pregunta comprensible. Si alguien escucha, tiene paciencia y considera las necesidades de los demás en el trabajo, ¿por qué se comporta de otra manera en casa? Y si sus compañeros solo conocen ese trato considerado, ¿creerán a la pareja que cuenta que le tiene miedo?

Quiero comprender cómo pueden ser ciertos ambos relatos. ¿Quién está presente en el trabajo y en casa? ¿Qué espera cada persona? ¿Qué ocurre si alguien protesta por el trato que recibe?

¿Cómo puede una misma persona comportarse de formas tan distintas?

La investigación sobre personalidad ofrece un punto de partida: alguien puede tener una forma habitual de comportarse sin actuar así en todas las ocasiones. William Fleeson y Mary Kate Law estudiaron a participantes en situaciones preparadas por los investigadores. Los participantes describieron su propia conducta y también la valoraron observadores externos. Encontraron diferencias estables entre la conducta media de unas personas y otras, junto con variaciones importantes en cómo se comportaba cada persona de una ocasión a otra.1

Ese resultado no explica la crueldad en privado. Establece algo más básico: la variación, por sí sola, no significa que una de las versiones sea un disfraz.

Piensa en lo que cambia entre una reunión, una cena con amigos y una conversación difícil con la pareja. Hay personas distintas. Un desacuerdo puede afectar a un empleo, una amistad o un hogar compartido. Puede haber discusiones anteriores sin resolver. Alguien puede estar acostumbrado a escuchar objeciones en una reunión y desatender la misma objeción cuando la plantea su pareja.

Puede haber más de una explicación. Una persona puede responder por costumbre, intentar parecer considerada de forma deliberada o contenerse porque espera que una queja tenga consecuencias. El contraste, por sí solo, no permite saber qué explicación corresponde.

La pregunta más precisa es: ¿cómo responde esta persona al desacuerdo en el trabajo y cómo responde cuando quien discrepa es su pareja?

¿Qué cambia cuando alguien está mirando?

En el trabajo, compañeros, responsables o clientes pueden presenciar una interacción. Puede quedar constancia de los mensajes, y quien recibe un mal trato puede tener la posibilidad de presentar una queja formal. La perspectiva de perder confianza, responsabilidades o el empleo puede dar motivos para detenerse antes de responder.

Un experimento ofrece un ejemplo limitado. Los jugadores elegían cuánto aportar a un fondo común que beneficiaba al grupo y suponía un coste para quien contribuía. Informarles de que los demás conocerían sus decisiones aumentó las aportaciones en un subgrupo: aquellos cuyas decisiones anteriores sugerían que comprendían cómo maximizar sus propias ganancias. Ese aumento no apareció en el otro subgrupo.2

En ese juego, esperar que otros conocieran una decisión cambió lo que hicieron algunos jugadores. El resultado no permite saber si la amabilidad de una persona concreta en el trabajo es calculada o sincera.

La amabilidad en el trabajo ocurrió. Quien la recibió está describiendo una experiencia real. Pero las condiciones en las que ocurrió también forman parte del relato.

En casa, una pareja puede contar que ha recibido insultos o amenazas sin que nadie más lo haya presenciado. Un niño puede tener pocas posibilidades de marcharse o conseguir ayuda. Alguien puede quedarse pese al daño repetido porque irse supondría perder la vivienda, los ingresos o el contacto diario con sus hijos.

Un hogar también tiene reglas y presiones. Las preferencias de una persona pueden determinar cómo se gasta el dinero o cómo termina una discusión. Importa saber si la otra puede discrepar sin recibir amenazas o castigos.

¿Por qué alguien puede tratar peor a su pareja que a un compañero?

No hay una única respuesta que pueda deducirse de la conducta por sí sola.

El estrés cotidiano puede contribuir. En un estudio con diarios de 43 parejas durante cinco días, los maridos y las esposas informaron de más enfado o distanciamiento respecto a su pareja los días en que habían tenido interacciones desagradables en el trabajo. Las esposas también comunicaron estos cambios en los días con mayor carga de trabajo.3 Estas asociaciones no demuestran que alguien haya agotado su autocontrol ni que el estrés laboral explique la intimidación repetida en casa.

La historia de la relación también puede importar. Una discusión sobre quién prepara la cena puede repetir un desacuerdo anterior sobre cómo se reparten el trabajo remunerado, las tareas domésticas y los cuidados. Para comprender esa historia, tendríamos que preguntar a las personas implicadas. No podemos deducirla de una sola discusión.

La dependencia también cambia lo que una persona puede hacer después de sufrir daño. Quien depende de su pareja para disponer de dinero, vivienda o cuidados puede temer perder ese apoyo si protesta. Que no cuestione la conducta no permite suponer que el daño fuera leve o aceptable para esa persona.

Estas posibilidades pueden coincidir. Una persona estresada también puede amenazar deliberadamente a su pareja. Una relación conocida puede ser insegura. Proponer una explicación de la conducta no permite establecer qué comprendía o pretendía alguien en un incidente concreto.

Sí podemos describir lo ocurrido: qué se dijo, cómo respondió la persona al desacuerdo, si se impidió a alguien marcharse o tomar una decisión y si sucedió repetidamente.

¿Y si alguien dice que no se daba cuenta de que estaba haciendo daño?

Necesitaríamos más información para saber si ese relato es preciso.

Una persona puede no advertir parte del efecto de sus actos. Puede recordar un incidente de otra forma. Puede minimizar lo ocurrido, evitar examinarlo o negarlo deliberadamente. Un comportamiento tranquilo en público no permite establecer cuál de estas explicaciones es correcta. Tampoco basta con que la propia persona esté convencida de cuáles eran sus intenciones.

Aquí es donde la reputación pública puede resultar especialmente desconcertante. El respeto de los compañeros aporta información sobre cómo se comporta alguien con ellos. No puede desmentir lo que ocurre en otra relación.

«Todo el mundo piensa que soy amable» no responde a «Anoche me asustaste». Las dos afirmaciones se refieren a encuentros distintos. Tratar una como una refutación de la otra deja sin examinar la experiencia privada.

Quien describe un daño no tiene que demostrar por qué actuó así la otra persona para que su relato merezca atención. Podemos examinar lo ocurrido y sus efectos sin resolver primero la cuestión de la intención.

¿Cómo sabríamos si la conducta en casa ha cambiado?

Tendríamos que observar cómo trata la persona a la pareja o a los familiares a quienes ha hecho daño.

¿Puede escuchar el relato de un incidente sin amenazar o insultar a quien lo cuenta? ¿Puede reconocer que ha asustado a alguien, aunque diga que no era su intención? Si se compromete a dejar de gritar o a permitir que la otra persona se marche de una discusión, ¿mantiene ese acuerdo cuando vuelven a discrepar?

Una disculpa en el trabajo o una conversación atenta con otra persona pueden ser sinceras. Para saber si la conducta en casa ha cambiado, necesitamos saber qué ocurre en casa a lo largo del tiempo.

En mi trabajo en TEG-Blue, quiero seguir preguntando quién está presente, qué puede hacer cada persona y qué ocurre cuando discrepan. Estas preguntas ayudan a describir un patrón. No permiten saber si alguien era incapaz de actuar de otra manera ni identificar los procesos biológicos implicados en un incidente concreto.

La consideración hacia los compañeros y el daño que vive la pareja pueden ser reales al mismo tiempo. Explicar por qué alguien se comporta de forma distinta en esas relaciones no elimina su responsabilidad por el daño. Lo que importa después es si lo reconoce y cambia cómo trata a la persona a la que ha herido.

Fuentes

Notas

  1. Fleeson, W., & Law, M. K. (2015). Trait enactments as density distributions: The role of actors, situations, and observers in explaining stability and variability. Journal of Personality and Social Psychology, 109(6), 1090–1104. DOI. ↩

  2. Burton-Chellew, M. N., El Mouden, C., & West, S. A. (2017). Evidence for strategic cooperation in humans. Proceedings of the Royal Society B, 284, 20170689. DOI. ↩

  3. Story, L. B., & Repetti, R. (2006). Daily occupational stressors and marital behavior. Journal of Family Psychology, 20(4), 690–700. DOI. ↩